La reinauguración rebautizada del tradicional Hotel Quirinale de Colón, dio cuenta de un detalle que curiosamente apareció como silenciado en los medios de comunicación, pero que las redes sociales se ocuparon de difundir.
Nos estamos refiriendo a un acto político que se llevó a cabo en uno de los salones del hotel, como una etapa previa a la reinauguración formal. En realidad ignoramos si ese acto político formaba parte de la ceremonia, la que entonces quedaría dividida en dos etapas, o si constituían dos actos distintos aunque sucesivos. Una confusión que se ve abonada por el hecho de que hubo personas que se retiraron del salón, al sentirse sorprendidas por la realización del acto de política partidista totalmente desembozado que no era su razón de encontrarse en el lugar, así como hubo quienes, más precavidos, esperaron en el hall de ingreso al edificio para que se procediera a la ceremonia de corte de cintas; no sabemos si por una precaución intuitiva de lo que sucedió en los altos del edificio, sino en una demostración de la existencia de indicios que los llevaban a temer que existiera una grave confusión de roles, que los iba terminar metiendo a todos en una misma bolsa.
Porque eso es lo que sucedió cuando en el acto realizado en el salón se los vio a los asistentes coreando a viva voz la conocida canción partidaria “Los muchachos peronistas”. Todo ello acompañado por apenas medidos aplausos entre algunos de los que se encontraban en el estrado -tal el caso del intendente Mariano Rebord y la secretaria de Turismo y Cultura de la provincia, Carolina Gaillard- mientras que observaban a los sindicalistas con quienes compartían el entablado. Agitando el brazo levantado hacia adelante, aunque sin cerrar el puño, como hubiera sido el caso de que manifestaran una simbología diferente; actitud en la que eran acompañados por la mayoría de los asistentes, como si en lugar del salón de un hotel, estuvieran en una cancha de fútbol.
Aunque se debe reconocer que ni por asomo se pareció asistir a un acto de la militancia, ya que a nadie se lo escuchó referirse al presidente como “basura”, aunque no se puede estar seguro que nadie así lo haya pensado.
Nada existe de objetable que quienes se sienten justicialistas de Perón, inicien o concluyan sus actos respetando lo que para ellos es un ritual. Y que inclusive lo hagan como en este caso, en lo que se suponía era un acto público, ya que cabría suponer que allí habría personas que no hubieran concurrido de estar de ello sobre aviso.
Una cuestión aparte -y de gravedad no menor- es la que se traduce en la pregunta si en un régimen sindical de sindicato único apenas disfrazado, y en el cual figuran sino como sindicados al menos como aportantes directos o indirectos de un pensamiento político desafecto a los “que cantan la marchita”, porque válidamente se sienten con ella identificados, cabe que se los incluya en un acto en el que, por la circunstancia aludida, existen personas presentes de diferente manera de pensar.
A la vez, cabe preguntarse si Gaillard viajó a Colón para participar en esa ceremonia dual como representante del gobierno provincial o como militante de esa tendencia. Lo mismo que puede decirse del intendente local o de los concejales de esa tendencia.
Todo lo cual es muy lamentable, por cuanto revela que son muchos los justicialistas que siguen confundiendo gobierno con partido, costándoles convencerse que el gobierno es de todos y para todos y que un partido -o movimiento, como a ellos les gusta autodesignarse, como forma de explicar sus zigzagueos ideológicos- es como su nombre lo indica tan solo una “parte” de un todo.
Dicho de otra manera, que así como se sabe que los justicialistas son argentinos, y sería una ofensa pensar de otro modo, ellos también deberían llegar a entender que existen otros argentinos que no dejan de serlo por no pensar como ellos. Así de simple y así de complicado.