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Se nos hace necesario advertir, antes de proseguir, que a pesar de ser nuestra aspiración de acercarnos a la universalidad -como debería ser, al menos, la pretensión de todo periodista-, nuestros conocimientos en derecho tributario son limitadísimos por no ser inexistentes.

Es cierto que conocemos de una manera imprecisa la diferencia entre las principales categorías tributarias, entre las que el lugar de privilegio lo ocupa el impuesto, que deja así llenas de envidia a las tasas y demás contribuciones -comenzando por la de mejoras-, las que se desesperan hasta el momento en que logran convertirse en un impuesto disfrazado.

Y que el impuesto es una “imposición” -de allí su nombre-, cuya percepción no tiene por lo general destino específico. Mientras que las tasas son tributos que tienen como contraprestación un servicio vinculado con la actividad de quien las paga. Y que, a la vez, es algo distinto de un precio público, tanto por individualizarse la prestación en algo concreto que beneficia a quien debe pagarla, a la vez que su monto tiene que guardar una proporción tendiendo a la equivalencia, con el valor esa prestación individualizada.

Todo este largo parlamento tiene su razón de ser en el hecho que se acercó a nuestra redacción una persona con la intención de que hiciéramos pública su molestia -algo que es de menor calibre que una denuncia- ante el hecho que en un comercio que visitó -reservó su nombre, a la vez que silenció el de la localidad de la comarca en el que el mismo se encontraba establecido-, donde se encontró con productos perecederos envasados, y con fecha de vencimiento largamente superada, tal cual surgía de una inscripción en la parte exterior de cada envase. Prosiguió, anticipándose a una reflexión que no llegamos a verbalizar, por la que se preguntaba qué es lo que hacían los funcionarios encargados de la inspección de seguridad, higiene y materias conexas que se presumen que deben evitar que situaciones como la expuesta se produzcan.

Y fue como si en nuestra cabeza dormida hubiera brotado un borbollón de ideas, ya que por nuestra parte no pudimos menos que preguntarnos acerca del control efectivo que se lleva a cabo en las cocinas, heladeras y despensas de las casas de comida, y si se presta atención a la higiene de los baños de los locales comerciales, actividades todas ellas que por su naturaleza parecen cosas nimias cuando deberían ser contempladas de otra manera. Ya que se nos ocurre que, pensándolo bien, de esa manera daríamos un primer paso en dirección al “emprolijamiento” pleno de nuestras poblaciones, que muchas veces, aún en sus zonas céntricas, dejan mucho que desear.

Es que de no atender este tipo de inquietudes, a los comerciantes agobiados por las cargas tributarias, pero de cualquier manera transgresores por incumplimiento de las obligaciones a su cargo, se vendrían a sumar el incumplimiento por parte de las suyas del ente prestatario presente a la hora de cobrar, pero también incumplidor de sus obligaciones.
Fuente: El Entre Ríos (edición impresa)

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