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Dicen que se van, pero nunca se terminan yendo…

Se habla mucho en estos tiempos agónicos por su condición de caóticos, de “funcionarios que se fugan” –el fugarse es la peor manera de irse- aludiendo a quienes cesan voluntariamente de seguir ocupando un determinado cargo.

 

Como ocurre en tantos otros casos, en nuestro parecer, es que nos encontramos en presencia de un error. Porque estrictamente hablar de fuga en este concepto, ante un estado de cosas tempestuoso como es el que vivimos, en el que existen funcionarios que consideran prudente “desembarcar” y volver al llano, al menos de una manera temporaria, en cuyo caso podríamos considerar aplicando un dicho campero, que hay que “desensillar hasta que aclare”. Si se da el caso que en algún momento… “vuelva a aclarar”.

 

En tanto, salvo en situaciones excepcionales, aquellas decisiones que en el caso de los funcionarios, le aplicamos esa denominación, no son tales, sino formas de “seguir estando en el candelero”, nada más que desde otro cargo oficial. Ya que no puede ignorarse que estar en el candelero significa estar en una situación de poder, fama, autoridad o éxito, y en el caso sobresaliente extremo, hacer todo tipo de malabares para permanecer lo más que se aproxime a seguir aposentados en el poder hasta la eternidad. Porque ejemplos de salidas del poder, que signifiquen verdaderas y no huidas o fugas. las encontramos en el caso de Casildo Herrera, un líder sindical que al momento de la asonada militar de marzo de 1976, se marchó velozmente a Montevideo, y que para impedir que su decisión diera lugar a interpretaciones dispares, fue claro y contundente al manifestar que “me borré”... Una actitud similar, aunque siempre dejó abierto un interrogante, referido a cual esa su motivación o sus motivaciones, fue el de “Chacho” Alvarez, cuando renunció al cargo de vicepresidente de la Nación, cargo al que había llegado como consecuencia del triunfo electoral de la fórmula que compartía con Fernando de la Rúa.

 

Mientras tanto en la actual administración pública a todos sus niveles, se ha vuelto casi normal la práctica de acceder a un cargo público, sin desprenderse del que hasta ese momento venía ocupando, del que al aceptar el otro, no se desprendió. Viene entonces a aplicarse aquí una versión que si no es novedosa, nunca ha tenido tanta vigencia como en nuestra actualidad, cual es aquella de “el que fue a Sevilla perdió su si silla” se la prolonga, con el aditamento que “si el que se fue volvió, la recuperó”. Un ejemplo sobresaliente de situaciones de este tipo, la tenemos en las sinuosas maniobras del actual jefe de gabinete nacional Juan Manzur. Este llegó a ocupar este cargo, ocupando el cargo de gobernador de la Provincia de Tucumán, al que no renunció, por lo que esa función quedó en manos del vicegobernador.

 

En tanto, la estrategia actual que se le atribuya al nombrado contempla dos etapas. La primera, es volver “por un tiempo” a la gobernación de su provincia, para luego “retornar” a su actual jefatura; sin que se pueda explicar quien aceptará cumplir esa funciones como un “provisariato”. La segunda, es presentarse en las próximas elecciones como candidato a vicegobernador, lo que vendría a significar un enroque con el vice gobernador actual, el cual como lo hemos ya señalado está en la actualidad a cargo de la gobernación. Como se ve, los ejercicios de ingenio –merecedores por otra parte de un mejor destino- utilizados para mantenerse en el candelero son casi ilimitados. Corregir esa corruptela significaría, acabar también con otras corruptelas. La primera de las cuales es la de concebir las funciones ejecutivas como una parte permanente de la sociedad conyugal”, la que se da en casos como el de Santiago del Estero, donde vemos a una pareja matrimonial, alternar entre una senaduría nacional y la gobernación”, una virtual manera de “gobernar en yunta”, que el mostrarse como vitalicia, viene a ser de una constitucionalidad cuestionable.

 

La contracara de una situación de este tipo la tenemos en el caso de un legislador que renuncia a su mandato antes de completarlo, para cumplir un cargo en la administración nacional. Es que se hace presente aquí el dilema de si es o no correcta esta forma de actuar. A su vez lo dicho hasta aquí, viene a desnudar una realidad a la que si bien es conocida no se le presta la atención que merece, cuál es la “profesionalización de la política”, la que es observable en tantos de aquellos que desde una tierna juventud hasta alcanzar la edad provecta, no hace otra cosa que deambular por los sinuosos recovecos del Estado. Son los mismos que, tantas veces, critican igual situación que se hace presente en el campo sindical, donde también se da la impresión que ciertos cargos no solo son virtualmente vitalicios, sino que se los ve cada vez más s cerca de volverse hereditarios.

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