Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido

El país en el que nadie hace lo que debe hacer

Gobernadores con el presidente

Si nadie se ocupa por hacer bien su parte, el todo no funciona; ¿cuándo tocará fondo nuestra decadencia?

 

Argentina no funciona como una república. Sólo el Ejecutivo funciona, legislando por medio de DNUs, que en alguna curva interpretativa pasaron de ser urgentes y necesarios a ser un abuso que ambas cámaras del Congreso-escribanía ya no deben ratificar, sino apenas no rechazar para tener validez de ley. Y la Justicia, cerrada para casi todo menos para lo que al Gobierno interesa, no puede esquivar la sospecha de servilismo al Ejecutivo de turno. El Congreso no legislan, y los jueces no son árbitros imparciales.

 

Tampoco funciona como un país federal. Tanto se sometieron las provincias a la Nación que ahora dependen de la discrecionalidad del Gobierno Nacional en las transferencias, y basta un DNU para seleccionar a una entre varias, y castigarla o beneficiarla. Tanto se sometieron que cada nuevo impuesto nacional tiene “afectación específica” y por ello no es coparticipable. Pero los gobernadores, indiferentes a la suerte de sus comprovincianos, aplauden y se sacan fotos con quienes los sodomizan. Los gobernadores e intendentes no defienden lo que deberían defender.

 

Quizás tampoco sea tan democrático. La dependencia de planes sociales y otros beneficios del estado altera la capacidad de discernir el voto, convertido en una suerte de chantaje y a la democracia en un sistema al servicio de los políticos. La función pública ya no está para servir, ni la democracia para elegir con libertad.

 

Cuando las instituciones básicas dejan de funcionar, también dejan de funcionar las complementarias, que se reescriben al gusto de cada gobierno y no de acuerdo con las necesidades de la Nación. La Carta Orgánica del Banco Central es un ejemplo claro: hasta la reforma de 2012, la “función primaria y fundamental” del Banco Central era “preservar el valor de la moneda”. Con la Reforma, esa función primordial cambió a la de “promover, en la medida de sus facultades y en el marco de las políticas establecidas por el gobierno nacional, la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social”. El valor de la moneda dejó de importar. No es nada curioso que, desde ese año, la inflación haya promediado 35% anual, y que, por descuidar el valor de la moneda, el Banco Central no haya logrado ninguno de sus nuevos propósitos en estos 8 años. Es que el Banco Central tampoco hace lo que normalmente debería hacer - pero este no es un país normal.

 

Tampoco el empresariado hace lo que debe. Esta semana descubrimos que el Banco Central puede empujar al sector privado al default con una simple Comunicación. Por no proteger el valor del peso, pierde dólares casi todos los días. En lugar de corregir los desatinos, busca impedir que quienes ingresaron dólares como corresponde los puedan devolver como corresponde. No sorprende que las empresas extranjeras se vayan, pero sí que las empresas argentinas sean zombis. Las cámaras empresarias sólo emitieron un comunicado formal. Ocupados cada uno con lo suyo, los empresarios no defienden lo colectivo como debieran.

 

Tampoco los sindicalistas lo hacen. La cuarentena generó muchas nuevas grietas, de las que la más evidente es la que separa a los empleados del sector público, cuyos ingresos no sufren, de los empleados del sector privado, que no sólo ven sufrir sus ingresos sino que ven tambalear sus empleos. Pero hay otra grieta nueva: la pérdida de empleos formales dispara el número de planes sociales. Los sindicalistas pierden afiliados y fondos, que ganan los líderes sociales y el gobierno. En lugar de defender a sus afiliados, los sindicatos buscan sólo otro salvataje del estado para las obras sociales. ¡Tanto se cuidan los sindicalistas a sí mismos que se olvidan de los trabajadores!

 

Ni hacen lo que deben muchos docentes, cómodos con el gobierno y la cuarentena, pero despreocupados de las necesidades de los alumnos (¡que no tienen un sindicato que los represente!) y alejados de su rol de educadores. Mientras todos los países vuelven a las aulas, con el foco puesto en la salud integral de esa población de bajísimo riesgo que son los alumnos, y en el valor a largo plazo de la educación, nosotros seguimos haciendo la nuestra. Tampoco en Educación hacemos las cosas bien.

 

Ni lo hacemos en Salud, cuya única dimensión ha pasado a ser el Covid. Con un número de muertes bajo en comparación con la totalidad de muertes anuales por gripe y neumonía, e ínfimo en comparación con las muertes totales, mantenemos una política fracasada, que desplomó la actividad y nos hizo ganar muy poco en términos de contagios y muertes. La máxima creatividad de los planes de salud municipales parece consistir en plantar terraplenes en los accesos a los pueblos. Ahora se ve que los terraplenes no frenan al virus. En un año sabremos cuánto daño hizo la cuarentena en términos de otras enfermedades físicas y mentales. Tampoco las autoridades de Salud se ocupan de la salud integral de las personas.

 

Por algún motivo, los gobiernos, los empresarios, los trabajadores y las personas hemos dejado de hacer las cosas normales, que se hacen en los países normales. Es más: hemos cambiado leyes para dotar de legalidad a la anormalidad. Algunas anormalidades surgen por viveza; otras porque estamos adormecidos mientras caemos por un tobogán.

 

¿Cuándo tocaremos fondo? Hace diez años que no crecemos, que tenemos una de las mayores tasas de inflación del mundo, que nos derrumbamos en los exámenes de educación, que aumenta la pobreza y que cada nuevo pobre ya no puede dejar de serlo, que nuestras políticas sanitarias fracasan, que tenemos el mayor riesgo-país del mundo, que no tenemos moneda. La decadencia se ve y se siente. El final trágico está escrito en piedra. ¿Será ese el momento en que empezaremos a hacer lo que se debe?

Teclas de acceso