Tal vez el día en que Luis Chocobar, policía bonaerense que disparó y mató a uno de los ladrones que había acuchillado a un turista americano en el barrio porteño de La Boca, fue recibido por Mauricio Macri marque un antes y un después en la lucha con la inseguridad. Macri lo recibió en su despacho, aun a sabiendas de que había un video que mostraba que el policía le había disparado al ladrón por la espalda, en un acto de desagravio, y seguramente tendiente a enfatizar una nueva política frente a la delincuencia que bien podría denominarse como de mano dura.
Para muchos, una mirada apropiada ante una inseguridad que aumentó a una velocidad exponencial en las últimas décadas - seguramente ayudada también por el aumento del narcotráfico-, y el contrapunto justo para un largo periodo donde el garantismo había copado las bibliotecas de jueces y legistas. Mientras la inseguridad hacia explotar las estadísticas con muertos y heridos que se multiplicaban a lo largo y a lo ancho del territorio nacional, también se multiplicaban como panes las denuncias de "gatillo fácil", estableciéndose una suerte de psicosis donde cada policía era poco menos que un asesino en potencia.
Tal vez como reacción a los peores recuerdos de la dictadura militar que terminara allá por 1983, la conciencia colectiva de todos estos años indicaba que lo políticamente correcto era poner en papel de victimario a cualquier miembro de las fuerzas de seguridad y como víctima a cualquier ladrón, ladronzuelo, o criminal - aun en potencia-, que se sintiera amedrentado o amenazado, física o psicológicamente por la policía, gendarmería, prefectura, o por la fuerza que fuera.
Eso parece estar cambiando. El gobierno parece haber tomado una postura dura y dice que las encuestas lo respaldan. La sociedad aparentemente está cansada de esa actitud permanente de brazos caídos que han exhibido por mucho tiempo, y todavía exhiben, la inmensa mayoría de nuestros uniformados. Paga más, y seguro trae muchos menos problemas, hacerse el distraído frente a la inseguridad y al delito que se supone deben combatir, que correr el riesgo de herir o matar a alguien durante un procedimiento, aunque fuera el más miserable de los delincuentes, y teniendo que pagar luego las consecuencias.
La indiferencia, en algunos casos casi rayana con la negación, de nuestra clase política para con las fuerzas de seguridad ha tenido y tiene efectos ciertamente dañinos y ciertamente duraderos. Por un lado contribuyó a una nueva y masiva escala de actos de delincuencia - los índices de inseguridad como decía antes alcanzaron niveles por siempre impensados-, y por otro provocó que todas las fuerzas entraran en un letargo, alcanzando un mínimo estado de operatividad.
Situación que por cierto muy bien aprovecharon la delincuencia y el narcotráfico para hacer suyas las calles de casi todas las ciudades y pueblos de la Argentina.
Definitivamente deberíamos tratar de recuperar el imperio de la ley. Y como sociedad, tal vez deberíamos pensar en devolverle la dignidad, por lo menos en Entre Ríos, a policía, prefectura y gendarmería. Eso no significa una licencia para que cualquier conducta suya sea justificable, pero sí el volver a tener de su lado el beneficio de la duda, que hasta hoy y por mucho tiempo ha estado del lado de los delincuentes y de los narcotraficantes.
El de cuidar la seguridad pública es un trabajo peligroso, ingrato y la más de las veces no bien remunerado. Además de devolverle a las fuerzas de seguridad la perdida estima popular, los responsables políticos de la seguridad, aquí y en el resto del territorio nacional, deberían asegurarse de que se recuperen también los niveles de operatividad perdidos, se les garantice el presupuesto necesario para un adecuado funcionamiento, y se hagan los esfuerzos necesarios para que los uniformados vuelvan a recibir una capacitación y un entrenamiento integral que les permita operar en un ambiente totalmente adverso con ciertas posibilidades de éxito. Parece haber llegado la hora de recuperar la calle. Ojala los cambios avizorados en estos días no se queden en una simple intención de deseos o una mera respuesta a lo que parecen pedir las encuestas.