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Muertos dos veces

No es el caso de los muertos sepultados en el exilio, a quienes por perversos enconos políticos se impide repatriar sus restos a la tierra natal. Tal como estuviera presente en la profecía fallida de José Mármol, el cual, dirigiéndose a la distancia a Juan Manuel de Rosas, vaticinaba que “ni el polvo de tus huesos la América tendrá”. Ni tampoco de quienes han sido ubicados en sepulcros ocultos, por motivaciones varias, como fue el caso de Urquiza o de Eva Perón. Menos aún el caso de quienes como castigo, se profanó su tumba, al extraerlos de ella, de lo cual en la historia humana existen tantos ejemplos. Ni de la tragedia de Antígona, inmortalizada por Sófocles, quien desafía a la ley para rendir honores a la muerte de su hermano Polinices, considerado traidor de la patria.

 

Es que nuestra alusión no tiene ese vuelo, siendo mucho más modestos sus alcances. Nos estamos refiriendo al caso de los muertos “sepultados en el olvido”, lo que cabría considerar una segunda manera de estar muerto, algo por lo que pasaremos todos indefectiblemente, por cuanto en el mejor de los casos se asistirá a quedar reducido a un nombre en un mapa genealógico, y lo más posible que ni siquiera a eso.

 

Una circunstancia que puede atenuarse, cuanto menos a medias, en contraste con lo que sucede en los viejos cementerios de muchas de nuestras ciudades y localidades con menor número de habitantes. En donde resulta frecuente ver las tumbas de los sepultados en tierra, con las cruces oxidadas o medio tumbadas, cuando no han desaparecido o no hay señales que sirvan para identificar al túmulo casi imperceptible, el que no hacen sino insinuar la existencia de una sepultura. Y en caso de los panteones, tantos de ellos en estado ruinoso, por no existir nadie en condiciones de atender a su mantenimiento en condiciones decorosas.

 

A lo que se agrega un caso más –un detalle casi anecdótico- cual es un cementerio tan antiguo, que ha quedado olvidado en el medio de la nada, como es el caso de uno escondido entre malezas en las cercanías de un sector del camino que une a Pedernal con San Salvador. Un estado de cosas que debería llevar a que en cada municipio, su municipalidad asumiera el cuidado –que es reparación, mantenimiento, y hasta construcción- de las sepulturas en esas condiciones.

 

Una forma de preservar algo, que cada día que pasa se introduce un poco más en el pasado. Sobre todo, en una época como la nuestra en la que si la actitud frente a la muerte ajena –y el dolor que ella representa- puede no haber variado en lo fundamental, desde los tiempos muy idos en los que, por estado de los conocimientos médicos, entre otras cosas, no solo la esperanza de vida era más corta y los fallecimientos ocurrían casi por igual en todas las edades. Y hasta llegaba a decirse que “la Muerte era casi un familiar más, que habitaba en cada casa”.

 

Pero hoy que son ostensiblemente diferentes cada vez en mayor medida los usos y costumbres funerarios, y cabría afirmar está mutando la actitud de la sociedad hacia la muerte. Con lo que sólo constatamos un hecho, absteniéndonos de formular juicio de valor alguno.

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