A Ferdinand Lassalle, destacado jurista, filósofo y político socialista alemán del siglo XIX, se le atribuye la autoría de la frase: “la Constitución es un pedazo de papel”. Una frase que dice más y también menos de lo que aparenta. Ello en la medida que esa referencia debería ser aplicada, en primer lugar, a las normas de naturaleza utópica o completamente, por su contenido, fuera de la realidad. Y por la otra la bandera de la patria se izará al amanecer, en los lugares y días que corresponda, y se arriará, con la entrada del sol, no debiendo quedar, por ningún motivo izada durante la noche.
Normas aquellas que, como dirían algún gobernante español de nuestras Indias, ante una Real Cédula, “la acato, pero no la cumplo”. Y si se hace necesario el respeto y cumplimiento de la Constitución, resulta indudable que de igual respeto reverente son merecedores nuestros símbolos patrios; entre los cuales, a su vez, no puede hacerse diferencia en cuanto a su jerarquía y su valor. Consideraciones que aquí vienen el caso ante la versión que ha llegado a nosotros por distintas vías, referida al hecho que durante el transcurso de los días declarados duelo nacional en memoria de los pobladores de nuestro país que murieron vencidos por el virus, en plazas de varias localidades se habría mantenido izada durante las veinticuatro horas del día. Es decir que continuó así a media asta, luego de la caída del sol, nuestro pabellón nacional. De ser así se habría lamentablemente violado un viejo protocolo por el cual “la bandera de la patria se izará al amanecer, en los lugares y días que corresponda, y se arriará con la entrada del sol, no debiendo quedar, por ningún motivo alta durante la noche.”
¿La norma en cuestión sigue vigente todavía, en este tiempo en que uno no sabe a qué atenerse, ante la inflación legislativa? Un fenómeno de cualquier manera más moderado que el de la emisión de billetes, que ha adquirido nuevos bríos con los Decretos de Necesidad y Urgencia. Instrumento que parece estar siempre a mano, aun estando el Congreso de la Nación en el transcurso de su período de sesiones ordinarias, y que serviría tanto para un barrido como para un fregado.
Es que, de confirmarse la versión, se asistiría a una falta grave de protocolo. La que viene de la mano con su invisibilidad, fenómeno que, en forma paralela, se viene a traducir en el “Himno Nacional tarareado” en su estribillo, circunstancia observable en tantas ceremonias dentro del contexto de un acto deportivo, lo que nos lleva, por momentos, a pensar que nos hemos olvidado de su letra, primer paso en el camino para renegar de su escudo. Cosa curiosa de advertir, es que nadie “se mete” con el Escudo patrio. ¿Será porque lo vemos invariablemente lejano y mudo, o porque todavía no ha llegado ni la oportunidad, ni el tiempo de ultrajarlo? ¡Y pensar que hubo un tiempo qué en ocasiones predeterminadas, era imposible encontrar a alguien que no ostentara en su pecho una escarapela!!!