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La inflación de abril fue 2,6% y acumula una suba de 12,3% en lo que va de 2026. En los mismos cuatro meses, el tipo de cambio mayorista informado por el BCRA cayó 5,4%. En apenas un cuatrimestre, el peso se apreció casi 17% contra la moneda estadounidense. Esto ha vuelto a poner en el tapete el debate respecto de si la apreciación del peso tiene o no asidero.

Hay dos maneras de mirar la cosa: la oferta y demanda de divisas, por un lado, y la competitividad de la economía, por el otro. La explicación más recurrente de los economistas afines a la política económica destaca el hecho de que en el mercado libre de cambios el Banco Central (BCRA) es un comprador diario de dólares, sin afectar el nivel del tipo de cambio. Si el BCRA no estuviera comprando dólares, dicen, el tipo de cambio sería aún más bajo. Es un supuesto contrafáctico, cuya veracidad no es tan sencilla de comprobar. Al fin de cuentas, en lo que va del año las personas han venido comprando casi tantos dólares como el BCRA, para viajar, pero también para atesorarlos: la moneda de ahorro preferida sigue siendo el dólar, como hace poco admitió el Ministro de Economía, cuando dijo que “no puede obligar a los argentinos a demandar pesos”.

El origen de los dólares que ha venido comprando el BCRA es múltiple. Las más relevantes son la colocación de deuda en dólares que están haciendo las empresas y las provincias en el exterior, que están obligadas por las normas cambiarias a convertir en pesos al poco tiempo de haber obtenido esos dólares, y el superávit comercial, que se ha disparado a niveles no vistos en muchos años. Este superávit tiene mucho que ver con aumentos de las cantidades exportadas, sobre todo del complejo petrolero de Vaca Muerta, pero también de la mejora de los términos del intercambio. Pero, a la vez, tiene mucho que ver con la caída fuerte de las importaciones, sobre todo de insumos y productos intermedios, un reflejo del estancamiento del nivel de actividad en el complejo industrial. ¿Puede crecer nuestra economía sin importaciones?

Un dato que falta en el argumento de quienes defienden el argumento de las compras de dólares del BCRA es que la autoridad monetaria no ha acumulado prácticamente reservas en lo que va de 2026. La mayor parte de los dólares comprados los ha vendido luego al Tesoro, para que éste haga frente a los pagos de la deuda externa. Es decir, el BCRA está comprando “por cuenta y orden” del Tesoro. Tampoco esto puede seguir a perpetuidad, porque las necesidades están no sólo en el Tesoro, sino también en el BCRA, que necesita recomponer reservas para dar más consistencia al esquema cambiario cuando los vientos sean menos favorables. Si necesita comprar más, para satisfacer ambas necesidades, ¿por qué no lo hace, aún a costa de que suba un poco el tipo de cambio? Parece que hay necesidades políticas (que no suba la inflación), ajenas al manejo cambiario eficiente, que están detrás de la decisión de comprar lo justo y necesario para que el dólar no suba de precio contra el peso.

No es claro que el dólar esté caro o barato con una mirada de mediano plazo, porque, si en las elecciones de 2027 se confirmara el rumbo económico actual, podrían dispararse muchas de las inversiones extranjeras directas que, quizás, hoy están esperando no sólo la aprobación del RIGI (casi US$ 70 mil millones), sino también un tipo de cambio que sea creíblemente consistente. Los controles de cambio nublan un poco discernir si la cosa es realmente así, pero parece un poco exagerado que la pax cambiaria actual despierte en algunos la descripción del derrotero del tipo de cambio como “enfermedad holandesa” – apreciación permanente por ganancia de competitividad o flujo positivo de dólares hacia el país. Algo parecido a lo que le pasa a Uruguay, donde el tipo de cambio está quieto y la inflación parece haber dejado de ser un factor en la cotización del dólar hace muchos años.

Puede ser que esto ocurra. Pero la pregunta más obvia que corresponde contraponer a esta visión optimista, es por qué, sin “restricción externa” (Cristina Fernández dixit), no se aprovecha para relajar los controles de capital restantes, los que afectan a las empresas. Argentina está cara en dólares, dicen los turistas, y aceptan algunos argentinos. Depende de qué sea lo que se mide en dólares. Está cara en algunas cosas, y no tanto en otras, una consecuencia tal vez necesaria del deseo de privilegiar a los sectores más competitivos. Esta quizás sea la forma más razonable de buscar el desarrollo argentino. Que sea creíble podría demandar que la política cambiaria termine de ser realmente libre.
Fuente: El Entre Ríos

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