Esa era una frase que se escuchaba, profusamente repetida, en nuestros pueblos y ciudades, cada 28 de diciembre. En coincidencia con el Día de los Santos Inocentes, o sea de la conmemoración de un episodio mayor del cristianismo, cual fue la matanza de los niños menores de dos años nacidos en Belén (Judea). Crimen atroz ordenado por el rey Herodes I el Grande con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazaret.
Un hecho en el cual se podría ver el anticipo de genocidios posteriores, incluso de nuestro tiempo. Por más que, teniendo en cuenta el escaso número de los habitantes de Belen en ese momento, cuando allí se estima que no podía ser mucho más de veinte la cantidad de menores sacrificados. Circunstancia – la cual, introduciéndola en la forma de un comentario- nos habla que el horror de una matanza serial de esas características, no se mide por el número de víctimas. Y que incluso la muerte de un solo Justo, como es el caso de una a víctima única, condenada a sufrir el martirio por sus creencias; tendría que llevar al desborde de un espanto que sobrecoge.
Por nuestra parte, ignoramos la razón que esa conmemoración haya derivado –por no decir desvirtuada y aun degenerado- en un día que parece destinado a tomar en broma a los tontos y a los locos, tal como se la conoce en algunos lugares. Con una denominación de por sí incorrecta, la cual lo es más aún en el caso de los “inocentes”, si se tiene en cuenta que de esa manera se viene a agredir a la candidez; la de esos seres humanos sin malicia, y que por eso “son fáciles de engañar”, tal cual lo enseña el diccionario de la Real Academia de la Lengua.
Cabría entonces preguntarse si el vapulear ese día, con bromas de diverso calibre a personas de todas las edades; tiene muy escondida, la sana intención y el propósito didáctico de “despabilar” a quien se lo considera como “ingenuos”, buscando enseñarles sino que la vida es una trampa, al menos que está lleno de ellas. Es por eso, que cuando una persona era sorprendido en una “inocentada”; la confirmación de ese hecho – el de haber caído vencido en la trampa- se la encontraba de una manera invariable, en la frase “que la inocencia te valga”. Algo que según hemos escuchado en algunas lugares de España da pie a lo que ya es una copla, cual es “”inocente palomita que te dejaste engañar”; ello en el caso de que no se optase por su versión amplificada, que dice “inocente palomita que te dejaste engañar, sabiendo que en este día nada se puede prestar”. Esto en los casos en que la broma transformada en timo, llevaba a que el sorprendido inocente que caía en la trampa; efectuaba la entrega de una cosa, que bien podía ser de una suma de dinero, al que nos cuesta designar como bromista; el cual –según por los usos vigentes-quedaba habilitarse a quedarse con lo entregado.
A nuestro entender, nos encontramos ante una celebración –no la religiosa, sino la de esa costumbre popular- en decadencia, ya que primero se asistió a la desaparición de las “bromas pesadas”, como era caso frecuente de cruzarse entre personas mayores. Que cabria por su calibre llegar a pensar que no tenían nada de “inocentadas”; a diferencia de lo que era el caso de los menores de edad. Los cuales, en la actualidad, tememos no equivocarnos al suponer que absorbido su tiempo como esté, por la utilización lúdica de los teléfonos celulares, les resta poco para utilizar su tiempo en esas “chiquilinadas”.
Aunque en el orden de arrimar explicaciones conjeturales acerca de esa caída en desuso, se podría incluso pensar que ello se debe a otra circunstancia. Es que viene a cuento recordar el título de la obra de un escritor humorístico español, llamado Jardiel Poncela, que no era sino un interrogante: “Pero…, hubo alguna vez once mil vírgenes?”. Cuya extrapolación sería “pero queda entre nosotros, en la actualidad, algún ingenuo? Aunque se trata de una pregunta que no nos convence demasiado, ya que lo que es de interrogarse sería, acerca del “porque a esta altura de los tiempos, quedan tantos crédulos e ingenuos entre nosotros”. Algo que serviría de explicación para muchas de las innecesarias penurias que seguimos soportando…