Dos años y medio más tarde, Milei dejó de ser una novedad. Hasta ahí, la cosa es obvia. Lo que no es obvio es que en su administración se acumulan vicios que parecían propios de los que habían generado el agotamiento ¿Por qué no habrían de generar agotamiento lo que ya no es nuevo? Si ya no es una novedad y empieza a generar agotamiento, debe ser porque no algo de lo que se esperaba que hiciera no fue hecho.
¿Y por qué no fue hecho? ¿Por temor a perder el poder, o lo que se conoce como control de la calle? ¿O porque, por el contrario, le tomó el gustito al poder y apela a los métodos que los que perdieron habían usado para retenerlo? El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
En estos días vemos que la sociedad no mide la corrupción según la cantidad de millones involucrados, sino según los actos individuales, por más insignificantes que quien los cometa los considere. Cuando otras cosas no van bien, la corrupción puede convertirse en un imán poderoso para atraer la desilusión.
Las cosas que van bien en la macroeconomía, como los superávits fiscal y comercial, el crecimiento del PBI, la caída de la inflación, o la compra de reservas del Banco Central, no llegan a enamorar a personas que sienten en la propia piel la desigualdad que existe detrás de los números agregados. La industria y la construcción, máquinas históricas del nivel de actividad y el empleo, están en la lona, mientras que el agro, la minería, el petróleo y el gas de Vaca Muerta, están en su momento de gloria, pero no son grandes empleadores que parezcan capaces de reemplazar a las actividades rezagadas de los conurbanos de los grandes centros urbanos. La encuesta del Banco Central muestra que el optimismo con el crecimiento e inflación va cayendo mes a mes.
Contra este telón de fondo, las excentricidades de Milei dejan de ser simpáticas, y más si vienen acompañadas de sospechas de mala praxis moral y disputas intestinas que parecían patrimonio exclusivo de otros dirigentes. Si grandes sectores de la economía no perciben que haya tantas diferencias en sus negocios, a la vez que sienten un emparejamiento en las cosas malas de la política, parece lógico que la confianza que recogen las otras estadísticas, las cualitativas, se vea erosionada.
La gente depositó mucha confianza en el cambio y, como quedó demostrado en las elecciones de octubre pasado, estuvo dispuesta a aguantar los malos tragos económicos con tal de que el cambio de rumbo se consolidara. Ese aguante aparece hoy menguado en las encuestas, y no sólo por la economía, para cuya fragilidad parece todavía haber tolerancia. Lo que erosiona el aguante es lo otro, la política y las similitudes en las formas con las que en 2023 hubo un agotamiento. Ser diferente demanda responder de manera diferente a las cosas de la política. Hay que ser y parecer.