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Una muerte siempre es una muerte

Algo que viene a significar que siempre la muerte nos iguala, o lo que es lo mismo que, de nuevo la muerte, no hace diferencias.

 

De allí que inclusive la muerte es mucho “más democrática” que el nacimiento, no solo por el hecho de que vivimos en los tiempos de la “fecundación in vitro” y de los “vientres alquilados”, e inclusive de las “inseminaciones artificiales”; sino aún en el caso mayoritario de que nazcamos, como cuesta convencernos que se pueda nacer de otra manera, lo hacemos paridos por la propia madre.

 

Lo que ocurre que este caso al nacimiento sigue, sin solución de continuidad, un “encuadramiento”. Una manera que pretende ser aséptica de señalar que algunos nacen en “cuna de rey” y que otros nacen “pobres y feos”. Lo que nos lleva a la dificultad extrema que siempre se encuentra en los esfuerzos válidos e indispensables de cubrir esa brecha, consecuencia de la diferencia en “puntos de partida diferentes” en lo que hace ya en el momento en que se da comienzo a la carrera de la vida.

 

Algo que lleva, en el caso de no entrar a jugar la ideología del odio y del resentimiento -el que se da inclusive en el caso de los “bien nacidos”- a apreciar en su justa medida, el alcance evangélico de lo que se conoce como “opción preferente por los pobres”. Circunstancia que inclusive debería llevarnos a reflexionar que en la vida de cualquiera, se hacen presentes golpes, carencias, y desesperanzas; ya que, hasta cierto punto al menos, todos estamos desnudos ante el mundo. Y ante precisamente la misma muerte, que en medio de la “anormalidad” en la que vivimos, se ha vuelto discriminatoria también.

 

No como acontecía desde casi siempre, y seguramente volverá lamentablemente a suceder, esa diferencia que existe entre los entierros ostentosos y en los lugares de iguales características, que hablan de un esfuerzo vano de seguir viviendo mas allá de la muerte misma; a diferencia de lo que acontece con aquel “pobre y feo”, que puede inclusive terminar más que sepultado, depositado -cuando no arrojado- en una fosa común.

 

En tanto, en medio de esta anormalidad a que hemos aludido, asistimos al hecho que se discrimina entre los muertos, entre aquellos que así resultan como consecuencia de ser tocados por la peste y quienes lo han hecho por otras causas. Ya que a los primeros se los considera en el ámbito público, poco menos que el número de una estadística -y ni siquiera eso en los casos que los funcionarios se olvidan de incluirlos en “la lista diaria”- salvo el caso de algún funcionario público u otra persona notoria.

 

Diferencia que se hace evidente, aún en el caso en el que la peste los toca, pero al mismo tiempo antes o temprano “los suelta”. Mientras, se nos ocurre que a los únicos apestados que resulta válido darle un tratamiento especial es a aquellos que han perdido la vida en lo que, de una manera eufemística, se conoce como “el cumplimiento del deber”.

 

Se nos ha señalado -por parte de quienes en nuestra comarca han tenido la suerte de viajar a Francia, en alguno de los intercambios que entidades locales se encargan de patrocinar- una de las cosas que los impresionó vívidamente, es el hecho de que desperdigados por todo el territorio francés, inclusive en pequeñas aldeas, se levantan sobrios monumentos, algunos inclusive no otra cosa que una columnata cuadrada de piedra, en la que existe adosada una placa con el nombre de todos los muertos en combate durante la Primera Guerra Mundial. ¿No se podría imitar ese ejemplo, incluyendo en lo posible a todas las víctimas, y de resultar eso posible, a médicos, enfermeros, camilleros, y conductores de ambulancia, que murieron tocados por la peste en una entrega a la vez impagable e irreparable a los demás?

 

Las columnatas en Francia señalan cómo una vez los marcó costosamente una guerra. La respuesta a la pregunta formulada, y la pregunta misma, tienen que ver con recordar cómo una vez nos golpeó, con crueldad extrema, la peste.

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