Detesto mi archivo. Alguna vez entendí a la madurez como un proceso constante de avance, una transformación de pensamientos que se nutre de la experiencia para formar raíces cada vez más fuertes y desechar las hojas que ya no generan la fotosíntesis necesaria. Básicamente, entiendo a la madurez como mirar para atrás y sorprenderte de tu propio sistema de creencias de hace unos años.   Por Lucas Griesser   Una explicación muy linda para algo que me aqueja cada vez más, para el quid principal de este escrito: no puedo creer que haya sido tan pelotudo. Entiendo que es un proceso normal, ya que los años de primera adultez maquillan con audacia su falta de recursos, también comprendo que es muy normal pensar a los 21 que la vida termina a los 29 y que por eso uno peca de ansioso por querer cambiar el mundo, mientras percibe cualquier demora como estorbo antojadizo del que se ponga enfrente. Entiendo todo eso, entiendo que uno aprende y no siempre es el mismo, que las ideas que no toman estatus de convicción tarde o temprano pierden valor.   Manejar ese conocimiento, tan similar a conocer la historia de un pueblo para comprender su realidad, es lo que me permitió vivir tranquilo con mis escritos a pesar de que no representen mis ideas actuales. Tan apaciguado estoy con mi conciencia que, por momentos, olvido mi ideología anterior, o rodeo con chistes el misterio de haber tenido pensamientos tan a la derecha que terminaron saliendo por la izquierda.   Desconozco la percepción ajena, pero a mí entender el registro de mi pasado es un archivo con frecuentes casos de soberbia argumentativa y blindado por la negligencia. Y está tan alejado de mi sistema de creencias que mi actualidad enfrenta una confusión importante: los que me perdieron el rastro desde entonces me preguntan cómo me volví peronista, y los que me conocieron hoy (sobre todo en Rosario) me piden pruebas de que alguna vez haya sido gorila.   Yo las necesito también.   Cada vez más seguido.   Y desde que ganó Milei, mi archivo pasó de ser un quiste molesto pero simpático, como el que tengo en el brazo izquierdo, a ser una hinchazón que me hace doler la mano cada vez que pongo los dedos en V. Ni siquiera me refiero al avance de la literalidad ni a las cada vez más frecuentes interpretaciones atemporales, que ignoran fecha y subjetividad; tampoco a la ínfima posibilidad de que me tiren con mi archivo por la cara en pos de "domar". El dolor viene desde la conciencia, por haber quizá colaborado con un granito de arena a que esta realidad nefasta arribe: ella tiene una tolerancia ínfima, y no me va a permitir hacerme el desentendido con todo lo que se ve ahí atrás, con todos los ruidos que salen de la pieza que cerré con llave. Menos que menos con lo quilombero que soy y con el enojo por defecto con el que me levanto todos los días desde el 19 de noviembre.   Rebeldía epistemológica     Me parece raro encontrar llamativo el estar enojado todos los días, casi todo el tiempo. Siempre creí que era mi estado natural, y solía estar en contra de todo... El tema es que no era en serio. En la adolescencia, cuando hacíamos todo tipo de vandalismo y escapábamos de la policía con mis amigos no encontrábamos un odio per se contra la ley, simplemente estábamos ahí para molestar, para plantear preguntas. ¿Por qué no puedo prender una fogata en la vereda? ¿Y por qué no puedo tirarle latas de desodorante de ambientes? Ni siquiera creíamos que estaba bien lo que hacíamos (sabíamos perfectamente que estaba mal) pero no entendíamos del todo por qué. Así que lo que entendía como rebeldía era simplemente estar en contacto con el interrogante, forzar las consecuencias, trasgredir lo establecido simplemente para ver qué pasa. Porque siempre algo pasaba.   Cuando dejé la edad de inimputabilidad ya no cometí delitos contra el bien público, pero tengo que reconocer que extrañé su eficacia. De repente, trabajaba de redactor en uno de los diarios digitales más leídos de la provincia, escribiendo con la certeza de que la cúpula política de la ciudad y de la provincia leerían lo que publique (a veces con mi firma), pero nada cambiaba. Todas las publicaciones trascendían como agua de la ducha por el drenaje: con propósito previo, pero como desperdicio al final, y si la rejilla se tapaba bastaba con un simple movimiento de mano para que vuelva todo a la normalidad. Mi impulsividad joven y mi pasado pseudo delincuente anhelaba que se inunde el baño, pero siempre el peronismo estaba atento para despojar todo obstáculo.   Sí, el peronismo. No la política. El peronismo.   Porque hay que entender el panorama político de esa Concordia. La capital del citrus y del peronismo entrerriano había electo, desde la vuelta de la democracia hace ya 40 años, 6 intendentes, todos integrantes del PJ*. Fueron 10 sufragios consecutivos ganados por el peronismo y con amplia diferencia, tanto que si el perseguidor quedaba a 15 puntos o menos se hablaba de un avance de la oposición. Por ejemplo, en las primeras elecciones que me tocó cubrir como reportero, Enrique Cresto se impuso por apenas 12 puntos en las elecciones generales de 2015 a su perseguidor, Roberto Niez; resultado parejísimo para los parámetros concordienses. Posteriormente, el presidente municipal fue reelecto el 9 de junio de 2019 con un 57% de votos, superando por 20 puntos al mismo contendiente. Con semejante garantía eleccionaria es hasta lógico que si vivís en esa ciudad y estás enojado con la política estés enojado con el peronismo, son prácticamente la misma cosa: quien gane las PASO en el PJ no será solo el candidato del partido en las generales, será el intendente.   Así que en el momento en el que mi interés político despertó no contaba con un abanico de opciones, como con lo que veo que se encontró la gente que no es de Concordia, sino que me topé con una polarización grotesca a nivel nacional (el comienzo de "la grieta") y envuelto en impotencia y desesperación eleccionaria a nivel local. Yo quería que la realidad cambie, veía desmanejos sobre los que no es necesario ahondar pero que me indignaban, estaba cansado del aumento de la inseguridad y de las tres o cuatro generaciones seguidas de gente viviendo en la pobreza, y todo se lo asociaba al peronismo, que estaba simbiotizado con la política. Veía al partido que se abanderaba con los colores de Argentina decir "la patria es el otro" mientras la indigencia parecía un incidente que no querían solventar, estaba convencido de que el nivel de educación de la escuela pública era pésimo, y no podía más que pensar que era culpa de ellos.   En esa época le agarré el gusto a escribir lo que pensaba. De esos años es todo mi archivo de elentrerios.com, tanto lo literario como lo argumentativo, y volver a leerlo me da la misma vergüenza que le da a los de mi generación recorrer su viejo fotolog. Pero ahondando en lo que escribí pude rescatar una salvedad que no encuentro seguido: estaba totalmente dispuesto a estar equivocado. Sí, era bastante bocón en mis formas, pero me interesaba leer lo que diga el que no compartía mi idea; eso iba desde mis compañeros de trabajo en la concepción del escrito hasta la caja de comentarios del sitio y de Facebook. Buscaba esa respuesta, eso era lo que me nutría. Hablaba con soberbia, pero aceptaba el riesgo de que me hagan bosta. No solo me interesaba prender un fuego en la vereda, también quería ver qué provocaba eso. Quería significar algo.   Miedo o soberanía     Probablemente por esa predisposición a estar equivocado sea que la primera vez que escuché a un representante del peronismo que no sea de Concordia hablando de la doctrina del movimiento, cómo se identifica y por qué es netamente argentino, en vez de escuchar los análisis asquerosamente llanos de kiosqueros, TN y Mirtas de Barrio Centro, me bastó para entender el justicialismo y abrazarlo. O quizá porque ese primer contacto fue al escuchar a Saborido presentando su libro "Una historia del peronismo" en la Feria del Libro de mi ciudad. Sea cual fuere el motivo, por primera vez en mis 25 años había escuchado al peronismo presentarse con dignidad, apartándose de la constante dinámica ataque/defensa con la que lo vi imbuido desde que tengo uso de razón. Y en esa presentación sin interrupciones ni prejuicios opositores me vi identificado con todo. "¿Por qué no podemos tirar un satélite al espacio? ¿Tenemos que ser europeos para tirarlo? El peronismo va, te pone un satélite llamado ‘Choripán 7’ con la bandera de Argentina y ahí se fija que pasa", más o menos dijo Saborido sobre el orgullo nacional, y lo entendí enseguida.   En ese planteo comprendí que el peronismo es el único que se cree capaz de hacer algo con lo que pasa, de hacer que pase algo. Con lo bueno y lo malo, el justicialismo entendió desde la década del 50 que la única forma de traer prosperidad a este país es la soberanía, ya que si te hacés amigo de Estados Unidos te roba todos los recursos (como le pasa a Chile) y si te hacés enemigo te mata a tu presidente y te instala una dictadura (como le pasó a Chile). Desde los aviones Pucará hasta las centrales atómicas Atucha, pasando por los autos SIAM y la educación pública, el peronismo innatamente buscó soberanía capital e intelectual esquivando el enfrentamiento bélico, en el que claramente tenemos las de perder.   En tanto, en el antiperonismo típico en el que me encontraba antes, es muy común encontrar una crítica a la industria nacional basada casi siempre en un complejo de inferioridad ("el ventilador Liliana se rompe enseguida, bah no lo probé, pero seguro es así porque está hecho acá") mientras se eleva a un estatus de compleción absoluto a Europa ("esto en Alemania no pasa"). Al mismo tiempo, la desconfianza y la paranoia no le permiten al antiperonista salirse del bowl: si a un anti-k le contamos que en Alemania existen viviendas sociales para los indigentes y que los millonarios pagan una cantidad abultadísima de impuestos para solventarlas no va a cambiar de idea, sino que va a decir que si acá hicieran lo mismo los políticos se roban todo.   Es que, para la derecha argentina, el ñoqui es el otro. El facho encuentra en el "los políticos son todos chorros" la generalización perfecta para distanciarse del mal sin hacerse cargo: se enoja con el sueldo del senador al mismo tiempo que no paga la luz, desea que aniquilen a los habitantes de las villas mientras compra electrodomésticos con Factura A, le dice "la chorra" a CFK mientras no pregunta qué hizo Milei con la plata que le dieron en las elecciones para imprimir las boletas que no entregó. Básicamente, el derechista cree que la corrupción política nace de un repollo, o que para recibirte de político vas a una facultad en la que te enseñan a malversar fondos.   Todo el movimiento opositor se basa intrínsecamente en eso: lavarse las manos. Se busca una explicación simplista a los males que suceden para poder seguir yendo a trabajar sin culpa, y qué mejor candidato para ello que el partido que se propone hacerse cargo de todos los problemas que existen (véase "donde hay una necesidad nace un derecho").   Por eso los planes sociales tuvieron tanta oposición y tan pocas alternativas reales. Me hicieron creer, cuando era facho, que la Asignación Universal por Hijo era un clientelismo barato y que era mejor enseñarles a pescar en vez de darles el pescado, pero ya pasaron años de esa polémica y desde la derecha no veo profesores de pesca, solo escucho gurús que venden criptomonedas diciendo que los pobres son pobres porque quieren. Cuando tiraba para la derecha me dijeron que en la salud pública podía llegar a morirme por mala praxis, sin embargo cuando fui al hospital me enyesaron una quebradura de cartílago que en el sanatorio más caro de Concordia confundieron con un esguince. Después empecé a escuchar lo inútiles que eran las netbooks que repartía el gobierno, y cada vez que escuchaba un desprecio al Conectar Igualdad recordaba a mi compañera del profesorado que podía hacer PowerPoints y trabajos prácticos gracias a que tenía la compu que le dieron en la secundaria.     Me hicieron creer que los problemas sociales eran culpa del peronismo, cuando en realidad son culpa de un sector de la población (y varios sectores de poder) que no para de ponerle palos en la rueda a cualquier avance, sea por desclasados, vende patrias, miedosos o simplemente humanos. Me convencieron con que el país no avanzaba porque el peronismo no paraba de molestar, pero después supe que esa molestia es la búsqueda de un método argentino de gobernar para los argentinos, un método que no le sirve al extranjero que quiere mantener el statu quo ni al frustrado que quiere que el europeo y el yankee vengan a solucionarle sus problemas.     Me dijeron que si sigo siendo quilombero no hago más que destruir, que es mejor quedarse tranquilo y mantener las cosas como están, pero cuando les hice caso no encontré más que viejos frustrados y mujeres arrepentidas de haber tenido hijos con alguien de plata que no las hace reír.   Me sedujeron con que el trabajo duro siempre trae resultados, que en la rama privada el ascenso social está asegurado para quien se esfuerce lo suficiente, pero ahondé un poco y me encontré con que la que era mi mentora tiene una hija con lupus con la que no puede estar nunca porque el laburo le pide disponibilidad horaria total, mientras arriba se inventaban cargos para los amigos del gerente.   Me insistieron con que el de enfrente es sucio e incivilizado, les hice caso, pero cuando los molesté un toque dejaron al desnudo las miserias más grandes que un humano puede esconder.   Me tiran con mil puntualidades. Con evasiones fiscales, con políticos en yates de lujo, con causas hoteleras, pero sobre todo con la convicción de que vivimos en un país de mierda. Y que es por culpa del otro.   Ya los escuché, ya los seguí, ya los entiendo. Pero mejor me cruzo de vereda.   "El peronismo molesta, básicamente, porque no se ajusta a las normas. Y se siente suficientemente libre como para hacerlo.   Si no molesta, es entonces funcional.   En términos cartesianos, la molestia sería la propia comprobación de su existencia.   De todos modos, esto demuestra que el peronismo es bueno con sus adversarios. Es más lo que molesta que lo que asusta. Porque cuando los peronistas meten miedo, terminan presos o los matan". - Pedro Saborido, Una historia del peronismo...     * Recién en estas últimas elecciones se rompió la racha, ya que el candidato de Cambiemos y miembro de la UCR Francisco Azcué se erigió como intendente. No lo consideré digno de mención porque cuando esto sucedió yo ya estaba viviendo en Rosario.