b>Será arduo conseguir que los gobiernos resignen los derechos que se arrogaron en 2020, y, también, ver en los ciudadanos la rebeldía suficiente para reclamar la devolución de esos derechos.   Con el avance de los procesos de vacunación en buena parte del mundo, ese buen pronosticador que es el mercado financiero celebra lo que augura que será un proceso acelerado de regreso a la normalidad. Se entiende: si, como se espera que ocurra hacia fines de 2021, las vacunas hayan sido inoculadas a gran parte de la humanidad, la inmunidad colectiva debería permitir la remoción de barreras y las personas podrían volver a moverse como lo hacían hace apenas un año atrás.   Sí, parece increíble que esta pandemia que tanto ha cambiado nuestra forma de vida lleve tan poco tiempo entre nosotros. Es probable que, para cuando tengamos los datos definitivos de mortalidad para el año 2020, descubramos que hubo menos muertes de las que en promedio se registraron en los años anteriores. Lo que no podrá más que resucitar la presunción de que las reacciones en todo el mundo fueron exageradas.   ¿Lo fueron? El año 2020 fue pródigo en descubrimientos. Con pocas excepciones, descubrimos las ambiciones despóticas de los líderes políticos de todo el mundo. Con pocas excepciones, los medios de comunicación advirtieron un gran negocio en la pandemia y en eso de quedarnos en casa. Con pocas excepciones, descubrimos cuán propensos a la sumisión son los ciudadanos.   El caso de los medios de comunicación no sorprende. No capturan audiencias con la difusión de buenas noticias. Por el contrario, mantienen al público en vilo cuando lo hacen sentirse frágil. Medios tradicionales y redes sociales transmitieron pánico todo el año para mantener a la gente hiperconectada y crédula; otra forma de decir que se la mantuvo inevitablemente desinformada. El conteo de contagios en lugar de casos activos, la acumulación de seudo-expertos que confunden, la difusión de mutaciones de un virus como si nunca hubiera mutado un virus, la ansiedad por la vacuna y luego el escepticismo con la misma: condiciones necesarias para sostener el temor. Quizás no haya mejor prueba del negocio que el renacer de la censura: todo tuit o posteo que pusiera en duda la gravedad de la pandemia fue prontamente borrado en nombre de, irónicamente, evitar la desinformación.   Si los medios encontraron un gran negocio en la pandemia, uno mejor encontraron los gobiernos. Se encontraron con un inédito depósito de confianza popular, que aprovecharon para romper lo que quedaba del contrato social. En Argentina, el gobierno nacional violó decenas de garantías constitucionales, y empoderó a los gobiernos subnacionales a emularlo, en tanto mantuvo cerrados los juzgados que podrían haberle puesto freno a sus abusos. Algo parecido ocurrió en gran parte de los países. Lograr que los gobiernos devuelvan los derechos adquiridos por la pasividad ciudadana es un escollo enorme para el regreso a la normalidad.   Es que si por egoísmo comercial o por el afán de sumar poder se puede entender que los medios de comunicación y los gobiernos reaccionaran a la pandemia como lo hicieron, sus abusos no hubieran sido posibles de no haber sido por la obediencia popular. Por comodidad, por egoísmo, por dejadez, por credulidad, por ignorancia, por superstición, por el motivo que fuera, los ciudadanos regalaron a sus gobiernos una información preciosa: son sumisos y están dispuestos a traicionar a sus vecinos en ayuda del estado. Ni siquiera los jóvenes, los eternos rebeldes, se rebelaron esta vez: se quedaron sin colegios, sin universidades, sin fiestas, y lo aceptaron con mansedumbre. Entre los cómodos que no quieren siquiera pensar en el regreso a la vieja normalidad, y los disconformes desanimados y apáticos, el país y el mundo se van desgranando y los dirigentes políticos se van apoderando de las libertades ciudadanas casi sin oposición.   Construir el contrato social (llamémoslo Constitución) demandó guerras y luchas que duraron décadas. Defenderlo contra los atropellos a los que fue sometido de manera intermitente provocó enormes costos en materia de vidas y economía. ¿Será posible que con tan poca cosa se rompa lo que ni las guerras civiles ni las guerras contra otras naciones lograron romper?   ¿Acertarán con su pronóstico los mercados financieros? Cuesta ser optimista, no sólo en Argentina, sino en muchas partes. La ciudadanía dio a la política demasiada información: no solo es sumisa, sino que es supersticiosa y demasiado cómoda. Sin rebeldía, otro virus o cualquier otro motivo podría servir para que los gobiernos eviten devolver los derechos ganados en 2020.   En cierta forma, el paso adelante que dieron los gobiernos y el paso atrás que dio la ciudadanía podrían conformar una nueva forma de contrato social. Uno en el cual ni la noción de Nación, ni la de República, ni la de democracia tengan demasiada cabida. ¿Será ese el futuro que nos espera? ¿O se producirá un milagro que nos permita salir de esto que llamamos nueva normalidad, que de normal tiene muy poco?