Quizás Gustavo Bordet piense genuinamente que el sector público hace un esfuerzo para pagar salarios mayores a los del sector privado; triste es el destino argentino si todos piensan igual.   La entrevista que Gustavo Bordet concedió a este medio una semana atrás contenía muchas definiciones interesantes. Entre sus respuestas, hay una que se destaca, por contener una definición interesante respecto de las diferencias entre los sectores público y privado. Su opinión respecto de porqué los salarios de los empleados públicos son mayores a los del sector privado, el Gobernador lo atribuyó a que: “tendrían que hacer un esfuerzo para aumentar los sueldos desde el sector privado. Nosotros lo hacemos desde el sector público”.   Sin desmerecer el tiempo y la dedicación con que el Gobernador pueda ejercer su cargo, fluye de manera natural una repregunta: ¿a qué esfuerzo se refiere?   La grieta entre la estabilidad del empleo público y la inestabilidad del trabajo privado ha quedado muy en evidencia en 2020. Tanto como la grieta entre la productividad de ambos: los trabajadores privados necesitan trabajar (valga la redundancia, que aclara) para cobrar, mientras que los trabajadores del sector público cobran sin importar si hay pandemia, cuarentena, quiebras, caída de ingresos o algo que se les parezca.   Para los trabajadores del sector público, los ingresos se mantuvieron y la pérdida del empleo no fue siquiera un mal sueño. Muchos, incluso, se cargaron de beneficios. Mientras para la actividad privada es esencial funcionar a pleno, numerosas oficinas del sector público siguen cerradas o trabajando a reglamento (ahora le dicen protocolo). Se gana lo mismo aunque se trabaje menos. Que se entienda bien: no se trata de desmerecer al empleo público, sino de entender a qué esfuerzo se refiere el Gobernador.   El sector público tiene en esencia una única fuente de ingresos: los impuestos que cobra al sector privado. Cuando, como en 2020, esos impuestos no alcanzan, recurre a la maquinita del Banco Central – creando inflación, otro impuesto que recae sobre el sector privado. A éste, por el contrario, sólo le cabe ajustarse y seguir pagando impuestos; no puede fabricar dinero.   Esta semana, el INDEC publicó su informe del mercado de trabajo, con datos al tercer trimestre de 2020. Aunque el titular fue el aumento de la tasa de desempleo a 11,7%, lo importante fue la caída de casi 5 puntos en la tasa de actividad. Apenas el 42,3% del universo encuestado está empleado o busca activamente un empleo. El restante 57,7% no trabaja ni busca un empleo. La tasa de actividad argentina es la menor de América Latina.   Argentina no es un país rico, que pueda darse este lujo. Tampoco tiene recursos acumulados, ni acceso a recursos externos para solventar lo que no produce. Sin embargo, la mayor parte de su población no trabaja ni busca hacerlo. ¿Será que el esfuerzo del sector público le permite también sostener a quienes no trabajan?   Para poner en contexto esta noción de esfuerzo, conviene repasar la evolución del gasto público. Entre 1970 y 2006 fue en promedio 25% del PBI. Entre 2006 y 2016 fue trepando hasta 42%, para bajar a 36% en 2019.   ¿Cuán útil fue este esfuerzo? La respuesta la provee el Presupuesto 2021, que proyecta con optimismo un crecimiento de 6% del PBI. Esto lo devolvería a donde estaba en… ¡2008! Doce años de esfuerzo del sector público nos dejaron como hace doce años – aunque somos 5 millones más. Doce años de esfuerzo no redujeron la pobreza, ni aumentaron el empleo, ni mejoraron las prestaciones del sector público.   Hace años que Argentina está estancada. Sólo la inversión privada podría crear más capital y nuevos empleos. Atraer capitales externos es una utopía, pero aun así se toman medidas para expulsar al capital de los argentinos – nada más cercano al suicidio. En medio de la pandemia, el estado, en todos sus niveles, creó nuevos impuestos. Algunos absurdos, otros irracionales. El impuesto al viento de Chubut marca un nuevo pico del absurdo. El impuesto a las grandes fortunas, un nuevo pico de irracionalidad. Aritmética pura: si achicamos el capital con impuestos, generará menos ganancias y menos ventas – las mayores fuentes de ingresos impositivos.   ¿Quién en su sano juicio invertiría en Argentina? Los extranjeros huyen. Los argentinos con ahorros en el exterior, tal vez nuestra única esperanza, emigran de la voracidad del sector público. El ahorro de los argentinos en el exterior poco a poco se convierte en ahorro de los uruguayos o de los estadounidenses, por obra y gracia del esfuerzo del sector público, que incita al capital y a sus dueños a emigrar.   Cabe suponer que no hay una voluntad ideológica explícita por instaurar el modelo venezolano en Argentina. Pero entre el discurso demagógico de los populistas, y la confusión de otros que, como el Gobernador, genuinamente creen que el sector público hace un esfuerzo cuando aumenta impuestos para pagar mayores salarios o dar más planes y subsidios, es fácil percibir que vamos inexorablemente en esa dirección.   Los sueldos públicos comparados con los privados, según la óptica de Gustavo Bordet