Un gesto de la infancia que cruzó el océano
En 1982, bajo la coordinación de sus maestras de escuela primaria, Silvia Van Bredam y Estella Frene participaron de una iniciativa común en aquel entonces: escribir cartas anónimas para los soldados que combatían en el Atlántico Sur."Tengo un recuerdo de una invitación de la maestra de la escuela primaria a mandarles cartas a los soldados", relata Silvia, rememorando la inocencia y el compromiso de aquellos días. Por su parte, Estella detalla la naturaleza de esos envíos: "La carta era anónima, era para nuestros soldados donde no sabíamos quién la iría a recibir".
El destinatario: un vecino y héroe local
Lo que comenzó como un ejercicio de empatía escolar terminó en las manos de Ramón De León, un veterano de guerra oriundo de la misma localidad y actual Presidente de la Confederación de Combatientes de Malvinas de la República Argentina. Para los combatientes, recibir estos mensajes era un combustible emocional vital. Ramón explica: "Era un motivo importante para, sobre todo en los momentos de descanso, para leer... nos dejaban 15 o 20 cartas a cada uno". Fue en medio de ese mar de sobres donde el azar, o quizás el destino, hizo que De León recibiera las líneas escritas por las entonces niñas de su propio pueblo.El impacto de las palabras en el frente
Ramón destaca que el contenido de las misivas era puramente motivacional, algo que ayudaba a sostener la moral en condiciones extremas. Según sus palabras, las cartas ayudaban "en el sentido que todos los que escribían, escribían alentándonos... que siguiéramos adelante, que no aflojáramos".Un legado para las nuevas generaciones
Décadas después, el vínculo se mantiene intacto. Estella, hoy convertida en abuela, reflexiona con emoción sobre el significado de este hallazgo: "Me da un orgullo porque esa es una historia que le voy a poder contar a mis nietos".Este proyecto de la Escuela N° 4 no solo recupera un documento histórico, sino que reafirma el lazo indisoluble entre la comunidad entrerriana y sus veteranos, demostrando que, a veces, las botellas lanzadas al mar de la historia sí encuentran su orilla.