En el momento preciso de titular esta columna, no pudimos menos que recordar la obra de un reconocido escritor español el cual, en una de sus novelas se entretiene relatando las distintas conversaciones que mantienen a los ocupantes de los automóviles de un cortejo fúnebre, camino al cementerio. Es que, en las actuales circunstancias, hacernos la pregunta con la que comenzamos estas líneas suena como anacrónico, al menos como fuera de lugar.
Ya que plantearnos ese dilema las presentes circunstancias que nos toca vivir, puede tomarse, tanto como el deseo de una irracional vuelta al pasado, como también de la convicción que, a pesar de todo, la vida debe continuar. De allí, que cabe destacar la circunstancia en su momento, ese interrogante fue una inquietud presente en nuestra edición impresa. Y estábamos convencidos que la pregunta era pertinente. Ya que venía con ella, a requerirse la opinión de nuestros lectores, acerca de cuál de estas obras era más importante, en el caso de barrios periféricos, que carecían de ambas: si la existencia de un servicio eficaz de alumbrado público, o la de contar con veredas consolidadas a ambos lados de cada cuadra de todas las calles.
En esa ocasión, la opinión se inclinó en forma mayoritaria “en el caso de tener que elegir entre ambas”, de hacerlo por el alumbrado... Quienes opinaron lo contrario, en general consideraban que era mejor moverse con una linterna, que andar a los tropezones, además de encharcarse en el caso de un tiempo lluvioso. Desde entonces hasta el día de hoy, han cambiado enormemente las circunstancias. No solo porque hemos tenido que cancelar la edición impresa, sino por el hecho que nuestra edición en papel era de una cobertura territorial más acotada que en su difusión digital, no solo creciente sino más extendida, lo que consideramos una circunstancia decisiva. A lo que se agrega el principal problema que se enfrenta cada uno de nosotros al momento de salir y volver a casa, el notorio aumento “de la inseguridad”. Es que, la anterior necesidad de moverse por las noches atravesando una “boca de lobo”, se ha vuelto ahora en el peligro de introducirse en una “cueva de salteadores”.
De cualquier forma, una cosa no quita a la otra. Dado que una verdadera “urbanización completa”, exige contar con alumbrado público, veredas que por sus características sean merecedoras de ser tenidas por tales, arbolado público, y lo que parece obvio –aunque no lo es- calles en perfecto estado de conservación de manera de permitir el tránsito por ellas en condiciones normales en todo tiempo. Indudablemente encarar un programa de construcción de veredas –acompañado de otro de reconstrucción de las que se encuentran deterioradas- en los momentos actuales resulta una tarea muy onerosa. Y aunque los gastos corran a cargo de las municipalidades, las que cabría recuperaran su inversión por la aplicación a los frentistas del tributo conocido como “contribución por mejoras”, representa una decisión nada fácil de adoptar. Ya que además debe computarse el hecho que, en obras de este tipo, el porcentaje que insume el precio de los insumos a utilizar es notoriamente mayor, al monto que significa el pago de las remuneraciones de los trabajadores empleados en ese tipo de obras.
En suma, se debe concebir un centro urbano como una “gran colmena”, en la que su estado de conservación y de “funcionamiento” está supeditado al de cada una de las celdillas del panal, constituido por cada construcción e inclusive por cada terreno baldío que exista dentro de esos núcleos de población, condicionando la conservación y funcionamiento del todo. Algo que lleva a efectuar una consideración acerca de la mejor manera de lograr que “luzcan” los recursos de las municipalidades, cuando los mismos son aplicados en forma honesta e inteligente, donde corresponde. Algo que como se sabe no siempre es así.