Es la designación, que tiene mucho de excesiva, que se ha puesto de moda en ciertos segmentos de la juventud porteña, y de allí que se la utilice para referirse a ciertos encuentros, en realidad encuentros en los que la música y el alcohol resultan fundamentales para “socializar”.
Y decimos que cabe considerarla excesiva porque la palabra “barrani” se explica, traducida al castellano desde un idioma que se ignora, significaría “negro”. De allí a considerarse esas reuniones como “fiestas negras” existe un solo paso.
Pero las reuniones a que aludimos en su enorme mayoría –habrá por supuesto excepciones- no tienen nada de eso y se interpretan por los deseos de los jóvenes de encontrarse, verse y hasta tocarse. Algo explicable, si se tienen en cuenta las consabidas restricciones, que llegan hasta el confinamiento.
Pero, mientras tanto, a pesar de que se acaba de indicar, y atendiendo a la opinión experta –la que no es necesariamente aquella que se promueve del gobierno- se hace necesario alertar primero, y luego evitar estos encuentros fraternales. Porque siempre existe la posibilidad de la asistencia a estas reuniones de alguien contagiado, que según se dice, hasta resulta más ´peligroso, en lo que a “desparramador de virus” respecta, cuando el enfermo tiene la afortunada característica de ser “asintomático”.
Es que, de allí en más, la cadena de los amenazados “sin quererlo” puede extenderse hasta el infinito. De allí que, no solo mirándose de una manera egoísta, sino todo el sinnúmero de personas – empezando por los grupos familiares, y entre ellos especialmente los abuelos y los tíos de esa categoría- convendría que los chicos y las chicas encaren con fuerza su determinación de abstenerse de participar en ese tipo de encuentros. Sean 100 por ciento barrani o un 0 por ciento. O que ni siquiera se las conozca con ese nombre.