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No es nuestra intención ocuparnos de la catástrofe en sí, ni buscar culpables, ni de la inoperancia demostrada por el ministerio del ramo del gobierno nacional, que en otras oportunidades por situaciones de menor entidad, ya hubiera producido su descabezamiento; sino detenernos en detalles, siempre curiosos, pero que en algunos casos son tan solo conjeturales.

 

El primero de ellos tiene que ver con “la centralidad” que tiene en nuestro país el área metropolitana, que conforman la ciudad de Buenos Aires y su conurbano, que viene a demostrar que desde la institucionalización del país las cosas han cambiado radicalmente, pero de cualquier manera sigue existiendo un “quiebre”, entre lo que en su momento significó la confrontación de “los intereses económicos del puerto” con “el interior” del país. Confrontación que ahora se la ve revivida y llegando a un peligroso extremo, la que esta vez tiene que ver, sobre todo, con la compleja situación política y social de esa área -que esta vez no tiene que ver con “el puerto”, sino con su “macrocefalia”. Es que los efectos discriminatorios a su favor, se contraponen con el trato –por no hablar de mal trato- con el que, desde el gobierno federal, se castiga al interior, con quizás las únicas excepciones de Santa Cruz y Tierra del Fuego.

 

Una prueba de esa situación sería el cambio de actitud del gobierno nacional, que había permanecido largo tiempo impasible ante los incendios del delta, y ahora haya comenzado a moverse a partir del momento en que el humo de los mismos volvía irrespirable los "buenos aires" de su área que nunca sufriera agresión de este tipo. Aunque sus “malos aires” se hicieran presentes a partir de otras circunstancias, de las que no es ésta la ocasión de entrar a mencionar y menos todavía a ocuparse.

 

Puede parecer un argumento temerario, el que de esa manera ha quedado expuesto, pero el mismo se vuelve consistente al ver que recién ahora se está planteando la posibilidad de la intervención de nuestras fuerzas armadas, en la lucha contra el fuego, algo que en otro momento y ante circunstancias similares se hubiera considerado una verdadera herejía. Ya que no condice con lo que debe considerarse la “doctrina oficial” en materia del lugar que deben ocupar las mismas, en nuestra sociedad, doctrina a la que, por otra parte, nadie puede dejar de adherir.

 

La pregunta que queda flotando es el por qué se esperó tanto, y sobre todo pagando un costo tan alto, para requerir el apoyo del Ejército y la Fuerza Aérea Argentina, consistente en la “provisión de tanques y piletones cisterna de agua para los aviones hidrantes, instalación de puestos de comando para el acompañamiento de quienes actúan en las zonas afectadas, provisión de cocinas de campaña y aguatero, la asistencia de medios aéreos para vuelos de reconocimientos y transporte de brigadistas, en otras acciones”, como un mejor enlace en materia de comunicaciones entre los mismos brigadistas; tal como lo explica una información de nuestro gobierno provincial.

 

Es por eso que entrando en el terreno de las conjeturas, y a la vez deseando que ello no llegue a esas terribles consecuencia, postura que corresponde remarcar, no está demás otra vez más preguntarse si esta convocatoria a las fuerzas armadas a colaborar a apagar “estos fuegos” no puede venir a sentar un precedente, respecto a un eventual pedido de colaboración para apagar “esos otros fuegos” que, con connivencia de algún sector del gobierno nacional, siguen encendiendo grupos extremistas conformados por quienes se autoproclaman “defensores de la identidad de una supuesta Nación mapuche. Sí, una “nación” y no a lo sumo como una “nacionalidad”, la que llegaría eventualmente a ser la naturaleza de ese pueblo.

 

Por otra parte, debe señalarse que resulta imperioso esclarecer la identidad de “los incendiarios”, si ellos de verdad existen, y de no ser así se expliquen las causas de lo ocurrido y lo que sigue ocurriendo en ese territorio, ya que de no ser así, puede llegar un momento en que se utilicen los incendios como un ingrediente más en una estrategia vigente de una manera tácita en grupos de nuestra sociedad que procura predisponer a la misma en contra de los productores rurales que son una parte importante de ella.

 

Un reclamo que lo fundamos en las declaraciones de un productor que vive en el Delta, y que de una manera tácita pareciera anticiparse a una imputación de esta naturaleza, el cual en declaración que insertamos en nuestro sitio digital manifestó literalmente que “el productor puede llegar a quemar cuando tiene agua o mucha humedad en un suelo que, como es característico en el Delta, es arenoso. Lo único que crece es “junco”, que se va renovando permanentemente y cuando se seca va formando una materia orgánica que hace fértil el suelo. Que, como consecuencia de las sequías, de todo lo que estamos viviendo, un productor en condiciones normales no quema porque sabe que si lo hace esos centímetros de capa de tierra fértil se empieza de cero. Todos tratamos de mejorar nuestros suelos haciendo algún tipo de pastura y si hoy a alguien se le ocurre quemar, más que mandarlo a la cárcel lo enviaría a un neuropsiquiátrico. Llevamos tres años de seca y si a alguien se le ocurre quemar indudablemente no está bien, a no ser que no sea productor.”

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