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De veredas que faltan y de calles oscuras

Escuché que en Buenos Aires, el gobierno de la ciudad va a hacer una rebaja en la tasa de limpieza a los frentistas de la cuadra que mantengan limpias sus veredas. Con una sola condición, que sean todas las veredas (de ese lado de la calle) todas, las que se mantengan limpitas de una manera permanente.

 

La idea me pareció brillante. Aunque ese brillo sea modesto. Porque hay que desconfiar de todo lo que encandila, dado que enceguece y no deja ver las cosas, en especial si se las quiere hacer pasar por oro.

 

Y me dije, “aquí también” ¿por qué no? Pero en seguida pensé lo contrario. Porque así como pienso mucho, soy una luz para imaginar las cosas. Y por eso más de una vez me paso yendo y viniendo y terminando sin saber lo que pensar, comido como quedo por los nervios.

 

Pero tenía razón en recular. Resulta que miradas bien, veredas, lo que se llama de verdad veredas, en el mi barrio hay muy pocas. Es por eso que mi tío me dice que la abuela de un amigo suyo cada vez que sale se la pasa cruzando la calle de un lado a otro, buscando las cuadras que cuenten con veredas como la gente. Porque tiene miedo de caerse la pobre, por tropezar con una baldosa floja, o por enganchar el taco del zapato en el filo de una baldosa bien encastrada, luego de haber pisado y dejado atrás un cacho sin baldosa. La verdad, de nuevo, pobre señora. Porque según mi tío, agrega, no es mujer de andar chancleteando ojotas, ni usa sandalias con taco chino y nunca usó ni plataformas enormes ni esos calzados con taco alto y finito como aguja.

 

Y como una cosa lleva a la otra, seguí pensando. ¿Qué es mejor, tener veredas o buena luz en las calles? Y aquí casi me puse a llorar, porque me di cuenta que en realidad ¡me faltan las dos cosas!

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