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En Colón ahora existen empleados municipales que han aprendido a podar los árboles

Y creemos que se trata de algo que resulta no solo una sorpresa para los colonenses, sino que también es de interés para los vecinos de tantas localidades en las que, tal como sucedía en esta ciudad, los árboles son maltratados en una graduación que va de ignorarlos, pasando por la mutilación, hasta llegar al “arboricidio”. Sin extremar las cosas, cabría suponer que este es un tema del que son especialistas las mujeres, aunque se debe reconocer que ellas vienen teniendo éxito en la lucha por sus derechos, un accionar del que evidentemente carecen los árboles.

 

Volviendo a éstos, son pocos los lugares en los que la situación vivida pudo llegar a ser parecida a la nuestra. Es que aquí se iba mal desde el mismo arranque -en este caso, no los árboles. Mal desde el principio, porque se partía de la idea, de la que no nos atreveríamos a afirmar que no sigue viva en la cabeza de grupos de vecinos- de que los árboles son una propiedad común, en la medida que integran el patrimonio público y son parte de su dominio, y no del frentista que lo ve diariamente frente a su casa, y que inexplicablemente está enojado con ellos por los más variados motivos.

 

Debe reconocerse que un primer avance en la materia fue que a los árboles se los dejó de pintar con cal, una manera de proceder que tiene su explicación en el paso de los alcaldes por los cuarteles, al momento de hacer el servicio militar, como ocurría en una época, en la que al menos hubo un tiempo en que regía la regla de que “a todo lo que se mueve se la hace la venia, a todo lo que permanece inmóvil, se le da una mano de cal”.

 

Otro avance observable en la materia es que los munícipes se han percatado que, en los parques nacionales, y algunos establecimientos oficiales se pueden obtener ejemplares de árboles autóctonos en forma gratuita. Como contrapartida a esa ventaja, nos encontramos primero con el hecho que muchas de esas especies no son apropiadas para el arbolado urbano, y en otros casos se hace la entrega de ejemplares con escaso desarrollo, muy lejos del 1.80 metros de altura, que según una leyenda urbana es la altura que deben contar los mismo en el momento de ser plantados; talla que evidentemente no alcanzan los ejemplares donados a que hemos hecho referencia, los que en más de una ocasión parecen a propósito destinados a un lugar habitado por liliputienses.

 

A este repaso debemos agregar que no sabemos si se ha abandonado totalmente la perversa costumbre de un frentista indeterminado, de matar (¿secar?) un árbol añoso recurriendo al expeditivo procedimiento de perforar el tronco de una manera prolija recurriendo a uno de los adminículos que se fabrican entre otros con ese objeto, para luego introducir en el orificio así logrado, una substancia que se considera adecuada para el logro de ese propósito. Se dice incluso que los más prolijos, obturan el agujero ya el veneno adentro, con un poco de cera de panal, en un intento de hacer desaparecer toda señal de su tropelía.

 

Volviendo, o comenzando con el tema de las podas, y haciendo abstracción de las ocasiones en que se los deja fuera de combate, procediendo a sacarlos “de cuajo”, siempre se hace presente una “poda que no es poda” ya que en realidad es una “tala”, debemos señalar que existen diversos tipos de ellas. Comenzando por la “poda mutilante”, que es la que se lleva a cabo con árboles de alto porte, por ser por lo general añosos, al que se le cortan las ramas a la altura de la primera horqueta, como consecuencia de lo cual muchos ejemplares no resisten a ese verdadero descuartizamiento y terminan secándose. Junto a ella, están las podas “emprolijadoras”, que en realidad de eso tienen muy poco y que despojan árboles de un menor porte un poco por encima de esas orquetas, tarea que se la realiza anualmente, respetando no una regla de poda, sino un principio de orden, de la que es la prueba más clara los muñones observables en la punta de las ramas podadas, desde las cuales los árboles empeñosamente vuelven a brotar cada primavera. Y por último cabe hablar de la “poda correctiva”, un tipo de poda que según aseguran se puede hacer en cualquier época del año, y que tiene que ver con darle al árbol una forma adecuada, al mismo tiempo que atender a alguna rama o raíz que puede afectar a alguna construcción cercana. Esas es la que ahora muestra en Colón, personal capacitado, y lo que es más importante con la dirección y apoyo superior.

 

Pero en este peregrinar por los diversos aspectos del arbolado no podemos soslayar el tema de la sanidad de los árboles. Un escalón al que al parecer no ha llegado el personal municipal, aunque seguramente estará ya en la mira de los niveles superiores de la administración municipal. Nos limitaremos a señalar tres amenazas que en esa materia enfrentan nuestro arbolado. Primero, esas plantas que se enroscan en lo alto del ramerío de los árboles y que los parasitan, dando a los ejemplares de hojas caducas un falso y pernicioso verdor, que es observable su presencia en nuestro caso, de una manera inexplicable aún en ejemplares que han sido sometidos a una ejemplar poda correctiva. Después los claveles del aire, con su encanto traicionero y hasta arboricida, que se lo ve adherido a troncos y ramas de muchos ejemplares. Además de esa plaga que se conoce con el nombre de “cochinilla” de necesario, pero a la vez cuidadoso tratamiento, teniendo en cuenta la peligrosidad de los productos que deben ser utilizados para combatirla.

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