Hace más de 15 años que enseño filosofía en el nivel secundario, en quinto año. En distintas escuelas he asumido el desafío de entusiasmar a los chicos con los escritos que realizaron unos griegos de hace más de dos mil años.
Uno de los temas obligados es la teoría platónica, por su gran influencia en nuestra cultura occidental que llega hasta nuestros días. Para abordar su interpretación metafísica suelo proponer la lectura de un fragmento de su libro más extenso “La República”, en el que Platón presenta una alegoría para explicar los dos mundos o modos de conocimiento del hombre: el mito de la caverna.
Es difícil que los estudiantes se entusiasmen con la lectura del fragmento por lo extenso y por la dificultad en su interpretación. Como todos los diálogos platónicos se estructura como una conversación entre Sócrates que expresa sus ideas con gran elocuencia, y algún discípulo o estudiante ocasional que da respuestas breves y afirmativas: “ciertamente”, “seguramente” y otras por el estilo.
Esta semana me sorprendí gratamente con el resultado de un ejercicio repetido de lectura en voz alta en el aula. Un alumno, dotado de histrionismo, se ofreció a leer la parte de Sócrates y le pidió a sus compañeros que se turnen para darle las respuestas, y que estén atentos a su turno.
Comienza a leer y cada vez que sus compañeros respondían él los felicitaba alentándolos “bien ahí!, atento, atento” con una tonada tan graciosa que los enganchó a todos. Todos querían responder y recibir sus comentarios, todos se mantuvieron atentos a sus hijas y leyendo a coro las respuestas en una dinámica que resultó muy divertida.
¿Quién dijo que leer es aburrido? ¿Quién dijo que Platón no pueda sacarte una sonrisa? Lo que más disfruto de dar clases en la secundaria es la capacidad infinita de sorprenderme que tienen mis alumnos.