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Las reuniones son el punto en común de todos los casos de contagios por la peste

Esas son las palabras que recogimos como “centrales” de la entrevista que El Entre Ríos le hiciera días pasados a la doctora Norma Hernández, directora del Hospital San Benjamín de la ciudad de Colón, sobre la situación en materia sanitaria de esta ciudad.

 

 

 

Permítasenos que, antes de entrar en materia y glosar esa definición, destacar el sereno y contundente aplomo que la nombrada exhibe en sus dichos, que vendrían indirectamente a decirnos que la ciudad tuvo mucha suerte con su designación. Entrando en materia, quizás lo único que cabría agregar a esa afirmación, es el hecho que no debería extrañar ese comportamiento “contra indicado” de muchos de los vecinos; no solo de Colón, sino de un gran número de los habitantes del país, dado que el mismo es coherente con tantos ejemplos notorios en otros hábitos de la vida social e institucional que no nos cansamos de mostrar, en los cuales está presente un “mix” de irresponsabilidad e irracionalidad.

 

Es que si vivimos en una sociedad que algunos describen como “anómica”, lo que es lo mismo que decir una sociedad “sin reglas”, o al menos; con normas que se sancionan y no se cumplen, ya que a ellas las miramos de reojo, y concluimos haciendo como si no existieran; la conclusión a arribar no puede ser otra, que la de que no podemos esperar nada diferente, suceder en esta materia. Sobre todo cuando la ejemplaridad está ausente. Recordamos así una foto del Presidente rodeado de los más importantes de los Moyano, todos ellos a cara descubierta, y sin que dieran la impresión de que portaran barbijo alguno que se hubieran “bajado”, con el objeto de poder mostrase con sus rasgos fisonómicos en la indicada toma fotográfica. Y el caso de funcionarios, cuando no ya no limitan a casarse –algo que es enhorabuena-, sino que llevan a cabo la consabida celebración que sigue tantas veces a la boda; o los que no pueden resistirse a los reclamos de su hija quinceañera para festejar ese especial cumpleaños, rodeados de abuelos, tíos, hermanos y primos; y con un montón de chicos revoloteando alrededor de todos ellos. Un festejo que no solo es, hasta cierto punto al menos, una muestra explicable de la tierna debilidad de un padre, sino que también cabría mal pensar que tiene en ella alguna incidencia, la posibilidad de dar una señal que en su caso, le es posible permitirse ubicarse por encima de las normas.

 

Siendo así las cosas –anomia, unido a la ausencia de ejemplaridad- resulta explicable –aunque ello no significa que tenga justificación alguna- que adolescentes y adultos de la primera edad, busquen la manera de congregarse en festejos de “música y tragos”, de las dos cosas en abundancia; y en ocasiones salpicados con otras prácticas menos inocentes. Reuniones a las que se puede calificar como de prohibidas, pero no de clandestinas, ya que con el bochinche que arman, no cabe dudar que no tienen empacho alguno en mostrarse. Todo lo que nos lleva a concluir, en que se hace necesario emprendef un integral programa de concientización, que también cabría calificarlo de educativo, con el objeto que todos internalicemos, -hasta llegar al convencimiento pleno- la necesidad de aprender a convivir con el virus, y de allí la necesidad de que comencemos por tomar muy en serio las practicas recomendadas, las que cabe considerar como molestas, pero no lo son una medida tal, como para que no podamos incorporarlas como un uso más a nuestro comportamiento.

 

Uso de barbijo, lavado repetido de manos, atender a no transgredir la distancia social, y no prestarse a participar en reuniones de más de diez personas, no son -ninguna de ellas- exigencias que requieran un esfuerzo sobrehumano para ser cumplidas. Máxime, cuando “la vacuna”, no solo tardará tanto en llegar, como que su aplicación se generalice acabadamente; y que atento al grado de inmunidad que provoca, es importante sin duda, el mismo no es el suficiente para blindarnos completamente.

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