Gran parte del mundo occidental se ha enfrentado a la pandemia con mucho miedo. Un miedo que se transmitió desde dirigencias débiles y cuidadosas de sus privilegios hacia poblaciones supersticiosas.
Una de las formas más evidentes de manipulación se da en el conteo de casos. Acumular las cifras de contagios y de muertes, algo que jamás se hizo con otra enfermedad, es un absurdo intencional. Sería igualmente oportuno, entonces, decir que en los últimos 10 años, murieron en Argentina 3 millones de personas. Los sobrevivientes nunca se asustaron por esas muertes. La amnesia respecto de la mortalidad de nuestra especie parece ser un efecto colateral del Covid.
El jueves pasado causó pavor la cifra de 547 muertes declaradas por Covid. Tras 14 meses, acumulamos 61 mil muertes, lo cual representa una tasa de mortalidad anualizada de 0,11%. Con ironía, podríamos decir que la inversa, la tasa de supervivencia, es de 99,9%. Además, en los últimos 12 meses acumulamos menos muertes por enfermedades respiratorias que en cualquiera de los tres años anteriores a la aparición del Covid.
¿Por qué nos asustamos tanto, entonces? ¿A quién le sirve el miedo? Sin hacer esas cuentas, la gente empezó a agotarse. Una serie de encuestas viene revelando que su principal preocupación es la economía, y no el coronavirus (la proporción es de casi dos tercios a un tercio). ¿La gente es naturalmente suicida? ¿O, tal vez, naturalmente filicida, pues desea que sus hijos vayan a las escuelas?
No es a la gente a la que le sirve el miedo, sino a los gobernantes que piden e imponen restricciones. Si no hay camas en los hospitales: ¿es culpa de la gente o de los gobiernos, que poco y nada han hecho durante décadas por la salud pública? Los dirigentes no tienen miedo al virus, sino al escrache popular por ocuparse más de sí mismos que de la gente. Por su incapacidad para proveer servicios de salud básicos y, ahora, para conseguir las vacunas que solucionen la falta de camas. El prototipo del gobernante miedoso es el gobernador de la provincia de Buenos Aires (¡qué grande le queda el título!), quien, curiosamente, parece dirigir la política sanitaria nacional.
El desfiladero es estrecho. Salud y economía están muy interrelacionadas, como pueden atestiguar los nuevos pobres que trajo 2020. Esto hace que al miedo al virus se le oponga una fuerza contraria: el miedo a imponer demasiadas restricciones, que hundan la economía. Con más de 40% de la población debajo de la línea de pobreza, la cuerda no está para ser tensada. La reacción al DNU presidencial de hace 10 días no tuvo la aprobación unánime de los decretos de un año atrás.
Cuando todo indicaba que 2021 sería un año muy complejo, una serie de factores fortuitos (el precio de la soja, la distribución esperada de DEGs por parte del FMI) despejaron dudas y permitieron suponer que se transitaría el año sin grandes sobresaltos. Si hubiera nuevas restricciones, esos factores fortuitos, que todavía no se cobraron pero que están siendo gastados a cuenta, podrían no alcanzar para mantener la calma económica.
Al final del camino, entre el miedo al virus y el miedo a imponer restricciones, están las elecciones, el foco exclusivo de la política. Esas elecciones generan otro miedo en la dirigencia. Los oficialismos, no importa si son de derecha o de izquierda, están en jaque en todo el mundo. No se trata de un pronóstico (al fin de cuentas, la oposición también está magullada en Argentina) sino de una luz de alerta. Esta parece ser una elección en la que el oficialismo dirime muchas más cuestiones internas que hacia afuera. El resultado podría señalar quiénes son los funcionarios que no funcionan, determinar qué política económica seguiremos después, y hasta mover algunas causas judiciales sensibles.
Es potestad de los grandes estadistas convencer a las poblaciones de tomar senderos inesperados, a veces dolorosos, con la expectativa de que esa estrategia permita alcanzar un futuro que será mejor. En la Argentina de 2021, los temas en discusión, virus, economía, elecciones, no son tratados con una mirada estratégica. No es de estadistas, ni siquiera de buenos dirigentes, gobernar bajo el influjo del miedo.