A decir verdad, nunca la veo. Quiero decir, nunca he visto de ella un almuerzo o una cena entera. Solo sé entonces de su existencia en la pantalla por un rápido pase del control del televisor.
Me dice mi tío, que la supo ver en el cine mi bisabuela y también la madre de ella, a quién tampoco conocí, la que era mi tatarabuela.
Me dice también mi tío que Mirtha tiene una hermana. Que es su melliza. Y que hacían en su momento las dos juntas películas. Hasta que la melliza se quedó en su casa. Y que ahora cuando se las ve juntas parece la abuela de Mirtha, aunque todavía lúcida.
En realidad no sé por qué hablo de estas cosas. Que la única impresión que me causan es ver la forma en que enganchan a las viejas, y a las no tan viejas.
Aquí un respiro para pedir perdón, porque debía haber dicho ancianas y no viejas, por más que lo haya dicho con respeto cariñoso, y sabiendo que los únicos que son viejos son los trapos, según se miente.
De cualquier manera creo que está bien que escriba de Mirtha. No por haber sido actriz y ahora anfitriona, mitad modelo, una cuarta parte periodista, y la otra, con lo que le basta y sobra, mujer enamorada de ella misma y muy astuta.
Todo, porque no me puedo olvidar que ha sido en su vida una gran laburante, algo que es de tener muy presente, sobre todo en estos tiempos en que el trabajo escasea. Lo que es tan cierto como que son unos cuantos a los que no les encanta arremangarse y empuñar una pala, o agarrar una escoba.