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¿Nace una nueva grieta?

Todavía no está claro cuándo empezó la grieta, si fue Néstor o Cristina quienes la reeditaron, tomando ideas de Laclau, volviendo al peronismo – antiperonismo.

 

Usar al peronismo como ejercito de odio (forma de graficarlo de un ex senador nacional de gran injerencia en la década del 90) siempre fue útil, dándole un enemigo al que enfrentar: el campo con la 125, Clarín, o el adversario del momento.

 

Este ejemplo fue claro en la interna concordiense, donde en vez de tener un adversario claro contra el cual hacer catarsis militante, sucedió lo que pasa con un ejército conformado para la pelea: se terminan atacando entre ellos. No lograron sanar sus heridas y esto llevará mucho más tiempo de lo que imaginan. Que la conducción está en crisis de este ejército, nacido de un militar experto en estrategia, quedó en evidencia.

 

Milei abre una nueva grieta. Su mensaje nace del oportunismo, propio del populismo que ya mostró señales de vida en Estados Unidos con Trump y con Bolsonaro en Brasil, como en otros países del mundo. Esto es descriptivo, no valorativo.

 

Era una cuestión de tiempo, pero este sentir contagioso del cansancio hacia la política clásica iba a llegar a nuestro país. Esto fue graficado con el concepto de Casta, del que forman parte “juntos por el cargo” en palabras de Milei, que como buen pragmático supo dar un golpe mortal, destruyendo esta coalición política al unirse con Macri.

 

En síntesis, la mayoría de los argentinos decidieron en elecciones transparentes saltar desde un avión, sin saber si el paracaídas funciona, pero cansados de lo que se vivía en ese avión que parecía que se iba en picada, aunque el piloto (actual ministro de economía) les prometía que podía conducirlo a un buen destino, aunque la evidencie demostraba lo contrario.

 

Otros tantos, casi la mitad, la otra grieta, se ajustó el cinturón ante el miedo que les daba quien arengaba a tirarse del avión en aras de la libertad, con miedo, temor, a las ideas contradictorias e irrazonables que se dicen a los gritos y entre insultos.

 

Ahora, aquellos que estaban atados al avión fueron democráticamente arrojados al vacío y estamos todos cayendo, sin saber si nos espera esa libertad que todo lo arregla o el duro golpe ante una realidad catastrófica según los menos optimistas.

 

El nuevo presidente tiene enormes desafíos. Si bien podría ser etiquetado como un menemista de la nueva era -léase Milei se podría definir como peronista de derecha moderna-, decide definirse desde otro ángulo, un tanto confuso, porque lo hace desde la economía.

 

El temor de muchos está en su compañera de fórmula, ya ahora vicepresidenta, que maneja un discurso polémico y retrógrado, pero que evidentemente está más vivo que nunca.

 

Aunque el peronismo luego de la crisis del 2001 lo copó todo, prácticamente no hay espacio político donde no haya peronistas, agazapados pero presentes, lo que le da ese toque pragmático que está en el ADN de quienes se sienten parte de ese movimiento nacido en la década del 40.

 

Empieza un nuevo momento, donde la casta definida por Milei entró en crisis. Hay más de una oposición y el nuevo presidente es un enigma, aunque cuenta con legitimidad de origen.

 

Todos los que se consideran demócratas deberán ser garantes de los derechos, entendiendo que hay un piso sobre el que no se debe avanzar, apostando al diálogo, pero sin caer en la nueva grieta que se inicia.

 

Milei abre una nueva grieta, todavía es prematura saber quiénes estarán de cada lado y a quiénes representa cada sector.

 

¿Quiénes liderarán la oposición? Esta pregunta merece una columna propia. Seamos optimistas.

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