Nos hemos referido en forma elogiosa a la tarea de reconstrucción todavía incompleta, pero ya ostensible, que viene efectuando la Municipalidad de Colón, en la plaza San Martín de esa ciudad.
Ahora, la novedad de la que nos hemos hecho eco, es el anuncio de la iniciación “con personal propio, de tareas de restauración del sector norte del bajo Parque Quirós en lugares que presentan un importante deterioro, producto de raíces de árboles que rompen el cemento o que mueven las estructuras”, diagnóstico al cuál por nuestra parte, agregaríamos como factor, por lo menos coadyuvante la larga incuria municipal, que dejó avanzar el deterioro a esos extremos. Pero no solo se trata de reparar, lo cual de por sí es inapreciable, sino también de “preservar”.
Algo tan importante o más que el reparar, ya que significa conservar en condiciones lo más parecida a las originales, a nuestro entorno. Algo que en el caso concreto al que estamos haciendo referencia, resulta ser nuestro entorno edilicio. Sucede qué de un tiempo a esta parte, se ha producido en Colón, acompañando una tendencia que se expande,-circunstancia que lleva a la posibilidad de generalizar nuestra preocupación en apariencia de sesgo localista, la necesidad de preservar nuestro patrimonio edilicio, el que tantas veces es víctima sino de la incuria de sus dueños, agredido por los viejos y nuevos artilugios utilizados para demoler, y volver a construir en un terreno ya libre de escombros.
Una sana intención, que por no ser siempre aplicada con sabios criterios deviene en la irracionalidad y desemboca en la resistencia de los afectados por una decisión que da la impresión de que se produzca en la inmovilidad perpetua de lo que les pertenece. En gran parte, esa resistencia, consecuencia del hecho de confundir lo “viejo” o sea vetusto”, con “lo antiguo” merecedor de su preservación ya sea por su valor arquitectónico, ya como simbólica perpetuación de trozos de otros tiempos. A ese respecto, nos toca en esta oportunidad, y dentro de ese marco, hacer referencia a un tema delicado. Ya que reconocemos que cabría considerar a nuestra inquietud como una restricción al propietario, de la decisión de disponer de lo que es suyo en la forma que le plazca; algo que por lo demás no es exactamente del todo cierto. Inquietud que es consecuencia de la observable contradicción, entre el declamado interés de preservar nuestro patrimonio edilicio digno de serlo, y la forma en que son tratados los frentes de muchos edificios, a los que se pinta de diversos colores, la mayor parte de ellos estridentes, sobre su revoque primitivo, cuyo valor indudablemente no se aprecia por desconocerlo, volviendo de esa manera el daño, irrecuperable. Ello nos lleva a la necesidad de encontrar la manera de conciliar los derechos del propietario, con lo valioso que significa preservar – incluso reparando – como fue en Colón en el caso de su Iglesia mayor- utilizando para hacerlo el material y el color originario.